María Dolores Pérez Molina · Fundadora y presidenta
“Él abrió mis ojos y, lo más importante, mi corazón.”
Desde muy niña mi ilusión siempre había sido tener un caballo. Cuando tenía uno cerca, mi cara irradiaba felicidad: me parecían impresionantes. Pasó el tiempo y aquella ilusión quedó atrás hasta que, a los 38 años, el sueño se convirtió en realidad. Me regalaron a Winston. Yo sentía mucho miedo y desconocía por completo su mundo, pero él abrió mis ojos y, lo más importante, mi corazón.
Con él descubrí cómo sienten estos seres. Me decía cómo quería vivir, no con palabras, sino con hechos: quería libertad y estar con otros de su especie. De mí solo quería sus chuches y, si tenía un buen día, hasta me dejaba cepillarlo. Yo pasaba horas sentada en el prado observando cómo se relacionaba con otros caballos.
Lo monté unas cinco veces durante los dos años que convivimos. Cada vez se revolvía más y me dejó claro que no le gustaba, así que lo escuché y no volví a hacerlo. Alquilé incluso una gran montaña para que pasara el invierno con menos frío y acompañado. Mi única obsesión era que él se sintiera caballo, algo que quizá nunca antes había podido sentir.
Winston murió un 12 de diciembre…
Nunca una muerte me había impresionado tanto. Ver a mi niño caído en la ladera de una montaña me hizo caer en un agujero muy negro. Cuando Winston marchó ya estaban Ula y Bart, un potro de apenas seis meses desnutrido y con una hernia umbilical; poco después llegó Bartola con una grave infección en la cruz. Y así llegaron muchos más, hasta casi 60 equinos, además de otros animales que siguieron llenando nuestro corazón.
Ellos son mi salvación. Desde el Santuario intentamos corresponderles dándoles la vida que merecen. Lo único que les exigimos es que sean caballos libres. Ya no estoy sola: con los años se han unido más personas afines y juntas alzamos la voz para que los humanos conozcan realmente cómo son, viven y sienten estos animales.


